
Detrás de cada llamada, hay un niño o una niña que sufre. Un adolescente que pide auxilio. Un adulto solidario que quiere que ese pequeño salga del infierno en que vive. Hay llamadas de 50 minutos. Otras, de tres horas. Las hay infinitas. Vitales. El tiempo no puede medirse cuando ese niño es capaz de verbalizar qué le sucede y alerta que, por su mente, se cruzan ideas oscuras. Por eso, a veces, pese a dimensionar los problemas, son tan frías. Porque son eso: cifras. Lo ha advertido esta mañana la Fundación ANAR al presentar sus informe anual de 2022. Que, una vez más, hablan de la fragilidad de la salud mental de los niños y adolescentes españoles.
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