
La infancia de Iván tiene forma de hospital y sabor a jarabes «horribles». Además de los problemas de salud, las circunstancias psicosociales que compartía con el resto de niños, hicieron de la clínica su casa y de los sanitarios su familia. Según él mismo detalla en su libro La belleza de las cicatrices, enfermeros y médicos se convirtieron en mentores y cuidadores: «Aprendí a leer y a contar las horas en el hospital, tomaba 35 pastillas diarias y cuando me daban el alta me inventaba enfermedades para que me llevaran otra vez al hospital«, cuenta emocionado. Iván es el rostro del 1 de diciembre, Día Mundial de la Lucha contra el Sida, y su batalla contra el estigma o su forma de contraer el virus, le convierten en la viva imagen de estos 30 años de lucha.

