Hay un capítulo de la historia de la medicina, contado con variaciones, que sitúa al estadounidense Henry Beecher en un hospital militar durante la Segunda Guerra Mundial. En ese lugar, que con frecuencia es Anzio, en Italia, pero alguna vez se encuentra en el Norte de África, el médico de Harvard se queda sin morfina para calmar a los soldados heridos. Ante esta situación crítica, él, o quizá una enfermera, decide inyectar a uno de ellos una solución salina diciéndole que es un potente analgésico. Para su sorpresa, este pinchazo con un líquido inocuo relaja al soldado y Beecher puede operarle sin anestesia.
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