
Cristina García tenía 23 años cuando sufrió el primer brote de esclerosis múltiple. Estaba empezando su vida laboral y tuvo que abandonarla porque ese primer impacto de la enfermedad le provocó una hemiplejia del lazo izquierdo que la dejó un tiempo en la cama. El diagnóstico no le llegó hasta dos años después, con el segundo brote. Esa vez me enviaron a Santiago y me hicieron pruebas. Ahí le pusieron nombre a la enfermedad y eso fue un alivio porque habían sido dos años de incertidumbre, relata.
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