
«Mi hermana, recién parida, en el hospital una semana por complicaciones, pide biberón y hasta que no enseña la teta amoratada la enfermera de turno se lo niega porque debe darle el pecho a pesar de sus deseos». «Tres meses de lactancia materna horrible aguanté, ni pezoneras ni cremas ni nada. Aguanté por presión y lo pasé fatal». «Cinco días en el hospital, cesárea, con el bebé llorando sin parar de hambre y yo llorando por él, pero las enfermeras me negaban el biberón porque ‘si no, no va a agarrar la teta y amamantar es lo mejor'». Son solo algunas de las (malas) experiencias con la lactancia natural que estos días se pueden leer en redes sociales. Decenas de mujeres cuentan sus traumas con la que consideran que es una forma más de violencia obstétrica, una violencia que se ejerce en una situación de máxima vulnerabilidad, justo después de dar a luz. Un momento en el que las emociones se solapan, las hormonas se entrelazan en un torbellino vertiginoso y el aluvión de responsabilidades cae sobre ella como una losa. Los expertos lo tienen claro: nadie duda de sus beneficios, pero amamantar no puede ser un lastre para la salud mental de la madre. ¿La solución? Apoyo e información.

