
«Por curioso que parezca, ciertas enfermedades se pueden relacionar con distintos olores característicos. Por ejemplo, la diabetes puede hacer que el aliento huela a manzanas podridas; la insuficiencia renal, que lo haga a amoníaco u orina; mientras que la enfermedad hepática grave se ha relacionado con el olor del aliento a moho, ajo y huevos podridos…». Así arranca el artículo ‘¿Se puede oler la enfermedad de Parkinson?’, de Maider Zubelzu, estudiante de doctorado en Farmacología en la Universidad del País Vasco y ganadora del Premio de Divulgación sobre Medicina y Salud Fundación Lilly-The Conversation 2023. La búsqueda de biomarcadores para detectar esas dolencias es fundamental en las más difíciles de diagnosticar, como el párkinson, explica a EL PERIÓDICO DE ESPAÑA.

